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domingo, 14 de junio de 2015

EL CORAZÓN DEL HOMBRE ES LA PIEDRA DE FUNDACIÓN DE LA IGLESIA INTERIOR.- Jean-Marc Vivenza


(Extractos de “La Iglesia y el Sacerdocio según Louis-Claude de Saint-Martin”)


¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?(Iª Corintios 3:16); lo que nos muestra la Iglesia en este mundo, pero no “del mundo”, es concretamente “la morada” de Dios por el Espíritu.

(…) La Iglesia “oculta en Dios” es designada igualmente como un “misterio oculto desde la eternidad”.

(…) En el libro del Apocalipsis, siete asambleas diferentes son evocadas, que no corresponden a ninguna organización humana, sino a una institución divina, formando el conjunto de las siete un único candelabro para el Muy Alto. Estas siete asambleas representan igualmente las siete fuentes activas de vida, los siete poderes sacramentales sobre los cuales el edificio sacerdotal se edifica en el hombre mostrando la Sabiduría de Dios, son las siete columnas producidas por la piedra de fundación en la que se establece la Iglesia Interior.

(…) Es pues en el corazón del hombre que debe existir y vivir a partir de ahora la Asamblea de Dios, una Asamblea que no se relaciona con ninguna organización humana, ni con ningún sistema religioso resultante de instituciones formadas y moldeadas por los hombres tras el advenimiento del cristianismo. Es una Iglesia edificada por el Espíritu, teniendo por único soberano al Divino Reparador, una Iglesia constituida para adorar al Eterno y estar en comunión con Él; y esta secreta Asamblea de Dios, esta Iglesia Interior tiene su morada en el corazón del hombre de deseo.

(…) De esta forma, no existe ningún Pontífice o Patriarca, ningún Gran Sacerdote nombrado por una asociación religiosa mundana, ningún Soberano humano para esta Iglesia Interior, pues su único Maestro está en el Cielo, es él quien ha puesto en el alma la piedra fundacional esencial sobre la cual son edificadas todas las diferentes partes invisibles del Templo de Dios, Templo donde es alabado el Santo Nombre del Eterno.

(…) El alma regenerada, resucitada por el Nombre Sagrado, en cuyo seno la Iglesia Invisible ha sido edificada, va a establecer su morada permanente en el Ser Divino, es decir, el corazón del Templo, lugar reservado como estancia de la Santa Presencia. Por lo tanto, sólo esta [estancia] es apropiada para que pueda vivir e irradiar la Iglesia Interior en nuestro centro, desobstruyendo las vías del Espíritu para dejar un lugar completo para su acción, permitiendo al poder del Verbo cumplir su obra y prodigar su luz bienhechora.

De esta forma se impone como regla única y central para esta Iglesia situada en el corazón del hombre, expresión tan estrechamente ligada a la vía propuesta por el Filósofo Desconocido: “¡Dejad lugar al Espíritu!”

Dejad lugar al Espíritu para permitirle iluminar las profundidades del hombre, alumbrar su edificio, prodigar las santas bendiciones en el Templo Interior para que, apoyándose sobre las siete columnas unidas al Cielo, esté en condiciones de hacer circular en nosotros toda la savia espiritual trascendente, y nutrir el conjunto de nuestros altares particulares sobre los cuales brillan las leyes de la Divinidad: “¡Dejad lugar al Espíritu!”

(…) la palabra sagrada proferida, la palabra sublime reveladora de nuestra verdadera naturaleza, de nuestro estado divino, siendo pronunciada en el Templo por Aquel que viene “de lo alto” dice para nosotros la palabra determinante, entonces el Reparador nos concederá “rango entre sus sacerdotes”, nos declarará solemnemente de la “raza sacerdotal”. Pero qué nos quedará por hacer a continuación, tras habernos beneficiado, en la noche del espíritu, después de que el Templo haya sido edificado y consagrado, y ello a pesar de nuestra miseria y terrible indignidad, de estas recepciones que nos instituyen “sacerdote” y de la “raza sacerdotal” (…) Esta indicación consiste simplemente, en el seno de nuestro Templo particular, en envolvernos con la túnica de los sacerdotes del Templo de Jerusalén (…) Y este conocimiento representa precisamente la ciencia espiritual verdadera de la Iglesia Interior, a fin de que se realice en el altar situado en el Santuario del corazón la divina liturgia en “espíritu” y en “verdad, sabiendo, según la indicación evangélica, que: “llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren”  (Juan 4:23).   

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“¡Que tu corazón se ensanche! Busca a Dios; Él te busca aún más y siempre te buscó primero. ¡Órale! Confía en el éxito de tu plegaria. Aunque seas débil para orar, ¿el amor no rezaría por ti? Todos los beneficios del amor se te presentarán. El hombre ingrato los olvida; el hombre decaído los rechaza; pasa por su lado y los deja atrás. Recibiste un rayo de ese fuego; se extenderá y te traerá nuevas marcas de ese amor, y un nuevo calor, cuatro y diez veces más activo. Hombre, ¡levántate! Él te llama; te reserva un sitio entre sus sacerdotes; te declara de la raza sacerdotal. Revístete con el efod [1] y la tiara. Comparece ante la asamblea pleno de la majestuosidad del Señor. Sabrán todos que eres el ministro de su santidad; y que la voluntad del Señor es que su santidad retome la plenitud de su dominio. (…) El universo entero reclama ante ti su deuda; no tardes más en restituir lo que le debes. Ahoga a todos los prevaricadores en el diluvio de tus lágrimas; solamente en ese mar puede hoy navegar el arca santa. Solamente así se conservará la familia del justo y la ley de la verdad vendrá para reanimar toda la tierra”.

(Louis-Claude de Saint-Martin, El Hombre de Deseo, § 245)

Notas :

[1] Vestidura de lino fino, corta y sin mangas, más o menos lujosa, que se ponen los sacerdotes del judaísmo sobre todas las otras y les cubre especialmente las espaldas.


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